Una investigación sitúa a los cabildos de las catedrales entre “los grandes detractores” de los inventarios de bienes que se impulsaron a principios del siglo XX, tras analizar la correspondencia de Gómez-Moreno, uno de sus principales artífices

José María Sadia, eldiario.es / 18 de febrero de 2025
Cuando Manuel Gómez-Moreno inició el trabajo de campo por la España del recién estrenado siglo XX para realizar los primeros catálogos monumentales de las provincias españolas, el país no estaba preparado para blindar su patrimonio, un proceso todavía hoy inacabado. Primero, porque ni siquiera al incipiente padre de la historiografía moderna —el encargo a un joven y prometedor investigador sin currículo no estuvo exento de críticas— le proporcionaron los medios oportunos: cobraba un suelo miserable, tarde y a plazos. Luego, porque en el camino —tuvo que recorrer en burro los andurriales de una España ajena a la modernización— se encontraría poderosos adversarios como la Iglesia católica, férrea enemiga de contar, inventariar y valorar bienes que tenían una excelente venta en el feroz mercado de antigüedades, algo que precisaba de los oscuros negocios de los anticuarios.








