Dicen ser discípulos de Jesús de Nazareth, ese carpintero de Galilea que nació, vivió y murió pobre. Alguien que decía a todos los que le querían seguir que tenían que desprenderse necesariamente de sus bienes materiales. Pero, paradójicamente, ellos, los autoproclamados discípulos suyos (llámense cardenales, arzobispos, obispos…) se aferran con uñas y dientes a una inmensa cantidad, casi innumerable, de posesiones terrenales sin parecer importarles que miles de seres humanos mueran de hambre cada día. Posesiones materiales de las cuales, además, se han apropiado, en algunas ocasiones, de una forma que no es, en absoluto, ni ética ni evangélica.

Miguel A. Sáenz Martínez, Noticias de Mavarra | 5 enero 2026
Es el caso, por ejemplo, de los denominados bienes comunales, pertenecientes a diferentes municipios, que han sido inmatriculados por la Iglesia católica aprovechando muy astutamente los subterfugios de la legislación promulgada en tiempos del Gobierno de José María Aznar, ese personaje que para algunos pasa por ser un católico de pro. Una legislación que permitió que bienes que, hasta entonces, eran de dominio público pudieran ser privatizados a favor de la Iglesia católica.