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Historias de autoexpolio: de cómo iglesias y ermitas españolas acabaron vendidas a millonarios por todo el mundo

En el Met de Nueva York hay claustros españoles. Fueron vendidos legalmente, culpables solo de la pobreza y la ignorancia de aquellos que debieron velarles. Son los casos más llamativos, pero en modo alguno los únicos. Tenemos cientos repartidos por toda la península.

Una imagen del castillo de Benavente (Zamora) / Editorial Almuzara (cedida)

«Se vende chalé de lujo con capilla románica del siglo XI».

Vale, así escrito… pues suena raro pero, oye, cosas más extrañas hemos visto (o lean ustedes las noticias). Sucede que debes ir al detalle. No del precio, no (algo más de dos millones, totalmente inalcanzable para el escritor estándar, palabruca buena), sino en otros asuntos. Ubicaciones. Del chalé, de la capilla. Porque uno está en Girona, y el templo es de San Esteban de Gormaz. San Esteban de Gormaz, provincia de Soria. Solo que también anda por tierras catalanas. Vendido. Autoexpoliado.

Marcos Pereda – Público, 10-12-2022

«No hubo expolio en los cientos de operaciones que se realizaron hace, más o menos un siglo, en nuestro país. Se trataba de transacciones amparadas por las autoridades españolas (por acción u omisión), en las que comprador y vendedor obtenían un beneficio. Y esa es mi principal aportación: desterrar la idea de expolio a secas para hablar de autoexpolio, una pérdida del patrimonio infligida por un país hacía sí mismo y sus ciudadanos». Hablo con José María Sadia. Acaba de publicar El autoexpolio del patrimonio español. Cuando España malvendió su arte (Editorial Almuzara, 2022), un libro que invita a la reflexión y el desasosiego, uno que principia con ese chalé de lujo que más arriba comentamos.

Trata la obra de ese fenómeno tan humano, tan cruel. Tan, sí, comprensible. Cuando los legítimos dueños (mal)vendieron parte del patrimonio histórico en componendas dentro de la legalidad. Tú necesitas perras y tienes piedras, yo necesito ornato y tengo dólares para aburrir. Y, pum, así sucede que tenemos una portada de Zaragoza adornando el Fine Arts Museum de Boston, el retablo de San Juan de Quejana en Chicago y hasta el ábside de Fuentidueña, provincia de Segovia, incluido en el The Cloisters del Met neoyorquino. Transatlánticamente desplazados pieza a pieza, roca a roca, capitel tras capitel. A veces, claro, sin el manual de instrucciones lo suficientemente preciso, así que la reconstrucción sale como sale. Todo perfectamente legal. Todo bastante feo.

Aunque, de alguna manera, entendible. «Vendieron los propietarios, como no podía ser de otra forma. ¿Quiénes fueron los responsables? El Estado consintió estas operaciones salvo alguna excepción; la Iglesia dilapidó una parte de su patrimonio a bajo precio para satisfacer necesidades puntuales; los anticuarios, cómo no, aprovecharon la circunstancia de un país ignorante y empobrecido para hacer miles de operaciones; y, por último, la ciudadanía, nuestros antepasados, colaboró bajo los efectos de ese tremendo somnífero que es la falta de la noción del arte y el patrimonio», dice José María. Esa es la clave (o la dovela central que viene al caso). Lo de «país empobrecido», si quieren opinión. A partir de ahí… pieza fácil para coleccionistas, curiosos y buscafortunas en general.

Ni siquiera hay números claros sobre cuánto se perdió (cuánto perdimos) en este proceso. «Tenemos constancia de los más conocidos, gracias a la incansable labor de nuestros historiadores e investigadores. Dar una cifra concreta sería simplemente hacer balance provisional, porque vemos cómo hay estudiosos que siguen la pista a determinadas piezas que desaparecieron en el siglo XX y acaban dando con el original al otro lado del Atlántico», continúa José María. Y remata. «Me temo que todavía queda una cantidad importante de arte por descubrir fuera de su contexto, algo que se estrella con una realidad innegable: muchas de esas piezas figuran en colecciones privadas, inabordables».


Imagen de un relieve del Monasterio de Sant Pere de Rodes (Girona). — Editorial Almuzara (CEDIDA)

Aquí, en Cantabria, tenemos ejemplos. Alguno llamativo, mucho. Son solo kilómetros, nada de océanos, pero… Historia digna de contarse, autoexpolio que hace reflexionar a quienes busquen relatos maniqueos de buenos y malos…

La de San Lorenzo de Pujayo es existencia antigua. Desde Doña Urraca tenemos nuevas, que ya es tiempo, e incluso hay una inscripción sobre sus muros donde se habla de un tal obispo Simeno, un tal santo Lorenzo y unas calendas de julio, año 1132. Monasterio y alberguería, con sus privilegios, su jurisdicción, sus vasallos y sus sernas. También, claro, iglesia. Pequeñita, al menos en lo que hasta nosotros llegó. Que no es, no puede ser, lo mismo que vieron hace solo cien años. Porque a esta pequeña ermita de San Lorenzo le movieron plaza, sí…

César Silió era pez gordo en eso de la Restauración. Diputado, Senador, dos veces ministro justo antes de la dictadura de Primo. Instrucción Pública y Bellas Artes, nada menos, por lo que se le sospecha cierta afinidad con los pedruscos cargados de historia. A ver, que el tío escribió también varios libros sobre Isabel la Católica o Álvaro de Luna, así que… Sucede que el insigne César tenía casita en Molledo, Valle de Iguña para más detalle. A poquitos kilómetros, apenas cinco, de ese Pujayo donde languidecía el diminuto edificio de San Lorenzo. Así que… se lo compró.

Dicen que si la ermita era de propiedad privada ya a principios del siglo XX, seguramente por desamortización anterior. Que estaba en un sitio llamado, claro, Prao la Ermita, justo donde el arroyo Galerón desagua en el Bisueña. Dicen que si se encontraba en estado casi ruinoso, que si estaban llevando piedras y sillares para rematar cerraos y portales de allí cerca. Que si, por si fuera poco, tenía condena fechada, pues habían proyectado un camino que pasaba justo por tal paraje, y la iglesia iba a ser solo recuerdo a poco transcurrir. Cuentan, incluso, que si andaban ya los camineros trincando lascas de aquí y de este otro lado para hacer gravilla. Fue entonces cuando Silió habla con el cura de Pujayo, y los dos con los tres propietarios del asunto, y se cierra compraventa en un puñado de moneducas, hasta sumar las mil quinientas, que tampoco vamos a andar regate va y regate viene con tan sacro contenido.

Así empieza el nuevo vivir de esta ermita, porque César Silió la traslada valle abajo, hasta su finca de El Portalón. Y, cuentan, lo hace con cuidado extremo, numerando y organizando cada una de esas piedras casi milenarias, transportándolas con trozos de hierba y helechos entre tabla y tabla, entre soga y testa, por no provocar quebrantos, haciendo el viaje en una carreta de bueyes… Pero es imposible. ¿Primera falla? El cómo está orientado ese edificio. Ábside y entrada miran a mediodía y septentrión, cuando deberían hacerlo a este y oeste, claro. Todo ello destroza las representaciones simbólicas de canecillos y capiteles. Que los hay, y de interés. Con sus desnudos, sus músicos, con animales, con figuras que parecen recién paridas de los textos evangélicos. Semejanzas a otras iglesias de la misma cuenca (a la de Silió, por ejemplo, también a la de Cervatos), pero explicación conjunta más que dudosa, por cuanto no parecen seguir el mismo orden espacial que tenían originalmente. Ya les dijimos… siempre hay pérdidas.

Imagen de la portada de la iglesia de San Miguel, en el municipio de Uncastillo (Zaragoza). — Editorial Almuzara (CEDIDA)

Ejemplo paradigmático de lo que estamos contándoles… que se nos perdía esa ermita, amigos, que iban a reducirla para piedra y arpillera. Entonces bien por César Silió, parece. Pero… Hablo con Sara del Hoyo, doctora en Historia del Arte, sobre la importancia que tiene el contexto espacial en este tipo de edificios. «Desde mi punto de vista, no es el mismo templo, es otro templo, ni mejor ni peor… otro. El enclave es cuestión importante cuando se da la circunstancia de que está relacionado con una leyenda o explicación mítica fundacional, como la aparición de la Virgen. En este sentido hay una cuestión que se debe tener en cuenta a la hora de analizar la relación entre enclaves y arquitectura religiosa: lo que esconde esa tradición oral que, en el mejor de los casos, aún conservamos. El lugar es, en arquitectura, el punto de partida, el primer elemento, tanto desde el punto de vista material como inmaterial».

José María aporta más datos sobre esos edificios que se mueven… a veces solo en parte, solo un cachuco aquí, otro más allá, otros más que se quedan en su emplazamiento primitivo. «Los edificios no fueron construidos para hacer las maletas: pertenecen a un pueblo, son su identidad y su esperanza de futuro. Venderlos fue un terrible error, pero los propietarios no dudaron en aceptar sumas discretas por algo que para ellos no tenía más valor que una ruina cualquiera. ¿Están mejor en su destino actual? En general, creo que el traslado de edificios fue una desgracia para nuestro país, sobre todo porque muchas de sus piedras y su esencia se perdió en el camino. Algunos de aquellos cargamentos no se desembalaron ni siquiera hasta décadas más tarde. Aunque también hay casos que contradicen este argumento».

Me interesa eso de la pertenencia a los pueblos, de la identidad. ¿Podemos casarlo con templos religiosos, por ejemplo, donde estamos asumiendo un uso meramente eclesial? Sara me habla sobre las iglesias concejiles, que son «iglesias que pertenecían a una comunidad o concejo y, por tanto, el titular, laico, es el conjunto de feligreses. Se percibían como un elemento patrimonial, como un bien susceptible de estimación económica, pero sólo los vecinos tendrían derechos y obligaciones para con ellas. Entre los primeros, por ejemplo, estaban el derecho a la participación de las rentas eclesiásticas, como los diezmos, o el derecho de presentación y elección de los beneficiados. Por lo tanto, sí, una iglesia románica concejil trasciende la mera idea religiosa, porque se trata de empresas destinadas a que tanto el servicio del culto como al menos una parte de las rentas recayesen sobre los propios vecinos, entendidos como hijos patrimoniales». No solo misas, como podemos ver…

Entonces, volvemos… traslados. En el libro me encuentro algunos llamativos… Tapices barrocos de origen español que ornamentan palacetes yanquis, ábsides románicos repartidos por museos de todo el mundo, salas en instituciones extranjeras que se dedican a exponer pinturas arrancadas desde los fríos cantos del Val d’Arán. Es algo que me llama la atención, porque no tengo la certeza de estar viendo el mismo «arte» en un sitio o en otro. Al final, estamos hablando de obras muy anteriores a Warhol y a Lichtenstein, de elementos únicos, imposibles de reproducir a gran escala. Y con un sitio determinado donde intervienen y son. Sadia continúa. «El contexto social y espacial en un edificio es clave. Cuando se trasladaron cientos de piezas a Estados Unidos, se desnaturalizaron. El ejemplo más evidente es el de los artesonados que fueron exportados a mansiones de coleccionistas privados. Allí se colocaron en salones, en espacios para los que no estaban pensados. El hecho de ver a dos metros una estructura de madera decorada ideada para una altura de cinco, seis o más metros nos da esa sensación de fake, de que algo falla, de que, en el fondo, solo se trata de una especie de decorado».

O, dicho de otra forma, hurtamos con ese trasladar, por muy conservador que sea, el necesario diálogo entre patrimonio material y patrimonio inmaterial. Y ambos son, según Sara, «piezas perfectamente ensambladas… el patrimonio material donde se incluiría el paisajístico, pues el paisaje no deja de ser una construcción cultural a partir de la naturaleza, y el patrimonio inmaterial se conjugan formando un todo, apoyándose mutuamente y ofreciendo diferentes niveles de lectura al espectador; de un lado, lo evidente, lo tangible y, de otro, el valor, el sentido».

Le pregunto por su opinión. Oye, ¿y eso de mover una iglesia de pueblo a pueblo? Piensa. «Tengo sentimientos encontrados. Una parte de mí reconoce que la decisión del traslado fue acertada y que, gracias a ella, hoy podemos disfrutar de un inmueble que, en otras circunstancias, todo apunta a que hubiera desaparecido. En el lado contrario, siento lástima por los vecinos que recuerdan las anécdotas sucedidas junto a la portalada de una casona barroca que se vendió, trasladó y reconstruyó a varios cientos de kilómetros. La misma que, pese a ser de propiedad privada, consideraban un poco de todos, parte del pueblo».

De esos, portales blasonados, también conocemos varios supuestos de autoexpolio. Y de casas que se hicieron con cantos de aquella ermita que ya no es. Y otras, directamente, trasladadas a la finca del señor indiano, que regresó con perras. Tantos otros… Ella continúa. «Me pregunto: ¿el patrimonio cultural es más que sillares, tejas y vigas? Pienso que sí, gracias al relato, muchas veces omitido a propósito, a esa parte no tangible que me ayuda a comprender el quién, el cómo, el porqué, el cuándo… Eso es todo lo que yo quisiera que me contasen de la casona que se quemó y cuyos sillares fueron utilizados para los esquinales de otra casa y en el ornato de varios caminos en el mismo pueblo».

También de esos casos conocemos algunos, sí…


Restos de Villamorón (Burgos). — Editorial Almuzara (CEDIDA)

Pero, ¿siguen existiendo hoy estas prácticas? ¿Podemos hablar de autoexpolio en nuestros pueblos? Seguramente no, seguramente sí. Matizando la expresión, vaya. No es tan fácil sacar elementos patrimoniales con dirección a América, ya tampoco hay, no, tanto interés por parte de ricachones yanquis a los que angustia la supuesta falta de Historia en una tierra que florece. Así que el autoexpolio «clásico»… pues no. «Pero el autoexpolio en el siglo XXI sigue existiendo, aunque sea diferente», me apunta José María Sadia. «Cientos de edificios se desmoronan en el medio rural sin que exista el interés necesario y las inversiones oportunas. No para ya restaurarlos, sino para consolidarlos. Es una pena, porque Irlanda, por ejemplo, ha demostrado que las ruinas consolidadas son un excelente reclamo turístico, generador de nuevos recursos. Una ruina consolidada puede ser un recurso valioso, y también es obligación moral de nuestra generación para con nuestros herederos».

Pregunto lo mismo a Sara del Hoyo, y me proporciona una explicación más técnica. «Aquí entran en juego varios factores: si se trata o no de bienes protegidos de acuerdo con alguna de las figuras previstas en la ley, la categoría de protección legal y la antigüedad del bien. De esto se desprende que aquellos bienes que no son mimados por la ley y la Administración como brazo ejecutor, que no han superado el examen (algunos ni siquiera han sido sometidos a él) y, por lo tanto, no están en la Champions League, son más susceptibles de sufrir autoexpolio. En este punto, a mí me vienen a la cabeza muchas preguntas acerca del concepto de patrimonio, del ejercicio real o irreal de la tutela, de quién ejerce o no ejerce esa tutela…».

Contemplo la ermita de San Lorenzo. Esa que fue y ahora es, aunque no sea del todo. Es pequeñuca, de una sola nave, la espadaña muy chica. Parece cargar sobre sus sillares y mampostería todos los inviernos del mundo. A saliente y poniente, montañas. Como las que hubieron de rodearla allí, en su emplazamiento original. El mismo valle, otro pueblo.

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Publicado en España